CALLE FERIA en "La tormenta en un vaso"

José Miguel López-Astilleros


A finales de 2006 se le otorgó a Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) el XI premio Ciudad de Salamanca de novela por Calle Feria. En 2007 la obra fue editada por Algaida. Siete años después es muy difícil encontrar un ejemplar de la misma, puesto que quien tiene el privilegio de poseer uno y haberlo leído, no se desprende de él, por algo será. Esta nueva edición en Isla del Náufrago, revisada y corregida por el autor, viene a poner a disposición de nuevos lectores una obra que creemos imprescindible, con ello sale gozosamente del silencio al que se la había condenado desde hacía años. No es cierto el tópico de que a los poetas se les suele resistir la prosa. El caso de T. S. S. es un ejemplo claro y evidente. Sin dejar de ser en todo momento un gran poeta, también es un gran escritor de ensayos, relatos y novela, como lo atestigua esta obra.
Calle Feria podría ser la calle de Zamora donde se crió Tomás, pero también la calle donde crecimos cada uno de nosotros, nuestra calle mundo, donde tras lo anecdótico se esconde el descubrimiento de lo extraño que son los seres humanos a ojos de un niño, un adolescente o un adulto melancólico; así como extrañas y perversas son las consecuencias políticas y sociales de una feroz guerra civil, que impregnaría de grisalla la vida durante muchos años, de cuya tristeza era difícil escapar, como no fuera por medio de la imaginación y el humor, o el cine. Esta Calle Feria es la espina dorsal en torno a la cual se tejen múltiples relatos que, amalgamados en su diferencia, conforman su historia ficticia y real a la vez, que es la de los pequeños comerciantes y quienes por allí se aventuran, que a su vez refieren otras historias, hasta llegar al relato de personajes humildes, de lo minucioso y de los objetos donde recala la cotidianeidad y la trasciende con un lirismo esencial. No obstante, hay que matizar que nadie espere un impronta costumbrista en todo esto, sino poética. En esta calle se dan cita palomeros, sastres, barberos, confiteros, zapateros, guarnicioneros y toda una pléyade de dependientes y comerciantes, cuyas actividades comerciales muchas de ellas han desaparecido hoy día, y que junto con los míticos viajantes procedentes de tierras lejanas son los protagonistas, pero no sólo ellos, sino las palabras y los relatos que se intercambian. Asistimos, por ejemplo, al discurso filosófico de un barbero prodigioso, a las crónicas cinematográficas de un crítico amateur, a quien la censura oficial de aquellos años intenta reconvenir, al descubrimiento del erotismo y la sexualidad de dos amigos que comparten el mismo amor, como prueba de amistad e inquebrantable lealtad, y que más adelante se cuentan uno a otro historias como la del hombre del tatuaje de la serpiente, el cuento maravilloso sobre el encargo que recibe Paulino, el zapatero, o el de una humilde limpiadora, que se comunica con su hijo emigrado a Cuba a través de un singular reloj de pared, o una fantasía sobre el poeta Federico García Lorca.
El estilo es fragmentario, como en buena parte de la narrativa moderna. No sólo incluye narraciones más o menos clásicas, más o menos cervantinas, sino otros géneros literarios como crónicas periodísticas, informes gubernativos, ensayos poéticos, como el que trata sobre la pintora Delhy Tejero, en el cual se nos narra con intensa emotividad y lirismo el retrato que le hizo a una confitera, víctima del poder autoritario que ejercía el hombre, su marido, sobre la mujer, su esposa; pero también una apología del pequeño comercio, así como las tribulaciones de un personaje en un supermercado moderno y el menosprecio irónico del mismo. Dos características esenciales son el humor, diseminado casi por todo el libro, unas veces reflexivo, otras veces amargo, paródico o simplemente lúdico; y la otra se refiere al lenguaje, que va desde un clasicismo ejemplar, a un vanguardismo que nos recuerda a Georges Perec o a Julián Ríos; ambas características pueden verse al unísono en el divertidísimo “Monodia de la E”; aunque aparte de este, son constantes las diferentes perspectivas estilísticas y léxicas desde las que se nos muestra la realidad a la que hace referencia el texto.
Calle Feria está escrita con la lentitud de una cocción al amor de la lumbre, sin prisas y sin plazos, haciendo que cada una de las palabras, escogidas con sabiduría y tino, liberen todo su sabor al conjunto, de modo que el entramado de historias se erige así en una construcción firme, de una dureza diamantina en el cuidado del lenguaje y una exquisita sensibilidad en el trato de la materia narrativa, de los personajes y de la memoria de un tiempo que alberga vidas y emociones, esplendorosas en su revelación a través de las palabras, del mismo modo que las traídas por los viajantes «Y era en esos juegos de palabras donde los niños aprendíamos un abecedario decimal y lleno de relámpagos que ya nos acompañaría para siempre, nos estañaba en la boca con la saliva dulce de nombres que jamás se oían en otros espacios de la ciudad, la ciudad gobernada por el gemido indigesto propio de un país con olor a orín envejecido, encelado en conservar en hielo negro, amortecida y triste, la canción de la vida» (págs. 74 y 75).
Debido a que la expresión “obra maestra” ha perdido todo su valor a fuerza de calificar con ella a libros comerciales e insulsos, diremos que Calle Feria es más que una obra maestra, es un libro ameno, divertido y profundo, que cualquier lector sensible agradecerá, entre tanta hojarasca. Al menos esa ha sido nuestra experiencia lectora, que a buen seguro se repetirá en quien se decida a pasear por esta Calle Feria. Y además el tamaño de los tipos de esta nueva edición es generoso, algo de agradecer en un libro de estas dimensiones.
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CALLE FERIA: Isla del Náufrago, Segovia, 2014. 632 pp. 24 € (De venta exclusiva en  www.isladelnaufrago.com)

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